La semana pasada llevamos nuestra atención a la inocencia y curiosidad de los niños, 2 cualidades que nos permiten fortalecer el hábito mental de estar presente, de conectarnos profundamente con nosotros mismos y disfrutar de cada experiencia al máximo. Si no tuviste la oportunidad de leer la primera parte, haz click aquí.

Mientras vamos creciendo y nuestra mente se condiciona debido a las circunstancias externas o internas, nos permitimos menos y menos explorar, observar y tomar riesgos. Comenzamos a sembrar semillas de impaciencia, de insatisfacción, de desesperación en la mente, dando como resultado una mente inquieta, distraída, irritada ante cualquier circunstancia o bien aburrida ante el simple hecho de no hacer nada.

La meditación es el bello y fino arte de no hacer nada. La meditación nos invita a regresar a esa inocencia y curiosidad de niños, a sumergirnos y bucear en nuestro mundo interior como que si ese fuera el único mundo que existe, sin sentirnos obligados a llegar a ninguna parte, más que aquí y ahora. Nos invita a observar el ahora tal y como es, soltando las semillas de la impaciencia, insatisfacción e irritación. Nos ayuda a regresar a la simplicidad de la respiración, a la simplicidad de ser, a la simplicidad de estar aquí presentes.

Sin importar si cuentas ya o no con una práctica diaria de Meditación, hoy te invito que te hagas la intención de conectar con esa infinita energía de curiosidad, juego e inocencia con la que contabas al nacer, permitiéndote desaprender todas las barreras que hayamos construido contra esas cualidades.

Encuentra placer en la simplicidad de una inhalación, en la quietud que existe entre cada inhalación y exhalación, en el sentimiento de plenitud que encontramos al regresar suave y amorosamente a nosotros mismos.

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