10/10/2014 – El chikungunya, una enfermedad vírica que puede dejar secuelas durante meses, se expande desde El Caribe al resto de América.

Su nombre puede sonar chistoso, pero no tiene ninguna gracia. La palabra chikungunya proviene de una lengua tanzana, país de origen de la enfermedad; significa hombre doblado y deja literalmente así a quienes contraen este virus transmitido por los mismos mosquitos que contagian el dengue. Se está expandiendo con rapidez por el continente americano desde donde brotó hace casi un año: el Caribe. En el país más afectado, la República Dominicana, el pico de la epidemia pasó hace unos meses. Allí, cualquiera de las decenas de personas consultadas para este reportaje la ha pasado (la mayoría de los preguntados) o tiene numerosos de familiares directos y amigos cercanos que la padecieron.

“No se lo deseo a nadie. A nadie, señor”, repite una y otra vez Romeo Álvarez, un taxista a quien el chikungunya retuvo en la cama durante cuatro días. Es aproximadamente el periodo agudo de la enfermedad, con fiebres muy altas y un malestar que le deja a uno “doblado”, en palabras de Álvarez. “Duele todo el cuerpo, hasta las uñas”, enfatiza. Después de eso los síntomas disminuyen, pero no cesan. Sara Menéndez, que también superó la enfermedad, sufrió tras las fiebres unas enormes llagas por todo el cuerpo, especialmente en los brazos, pero también dentro de la oreja y en la boca. Coincide con Álvarez: “Me dejó traumatizada. Ahora sé realmente lo que es pasarlo mal”.

No existe vacuna para evitar el chikungunya y el tratamiento es meramente paliativo de los síntomas. Más allá del periodo agudo, las secuelas pueden durar semanas, incluso más de un año. Tanto Menéndez, que además es médico, como Álvarez la pasaron hace tres meses y todavía la sufren. “Aún me duelen todas las coyunturas de los dedos. Muchas mañanas no puedo cerrar la mano”, explica el taxista. “Al levantarme, la rodilla no me responde. En ocasiones no puedo subir escaleras”, añade la doctora. Amaira González, pediatra del Hospital Antonio Musa, en San Pedro de Macorís, añade que las secuelas suelen durar más en personas mayores de 30 años: “A muchos niños casi ni se les manifiesta”.

La parte positiva de la enfermedad es, por un lado, que registra tasas de mortalidad muy bajas; se han reportado por su causa 118 fallecimientos desde que la enfermedad entró en América por primera vez, en diciembre de 2013. La inmensa mayoría de los decesos (108) fueron notificados en Martinica y de Guadalupe. Esto no quiere decir que en el resto de países solo hayan muerto 10 personas. Lo que sucede, según Pilar Ramón-Pardo, consejera de enfermedades infecciosas de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), es que en estos dos territorios se han afanado en hallar las causas de muerte, cosa que no sucede en todos. “La calidad del certificado de defunción no llega a ser óptima en todos los países afectados y no siempre pueden comprobar retrospectivamente los diagnósticos”, asegura. En cualquier caso, morir por chikungunya es muy improbable; la mayoría de los fallecidos eran ancianos o padecían enfermedades previas que se complicaron con el virus.

Fuente: El País.

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