14/01/2015 – La mayor demanda del metal como refugio de los millonarios dispara la deforestación.

La puertorriqueña Ana María Álvarez rememora el día de julio de 2014 en el que cruzó Guacamayo, una de las mayores minas de oro ilegales del mundo, a lomos de una motocicleta. “Fue horrible. Donde antes había selva virgen, había un desierto de arena blanca”, recuerda. Fueron 15 kilómetros de peligrosa travesía por un paisaje apocalíptico de dunas incrustado en unos bosques centenarios, con árboles de hasta 30 metros de altura.

Guacamayo se encuentra en la región amazónica peruana Madre de Dios, apodada con sorna “Desmadre de Dios” por algunos de sus habitantes. Documentos del Gobierno peruano calculaban ya en 2010 que unos 12.000 mineros, la tercera parte ilegales y muchos de ellos violentos, buscaban oro en sus entrañas con la ayuda de bulldozers. Madre de Dios es uno de los epicentros de la nueva fiebre del oro mundial que se ha convertido en una “amenaza para los bosques tropicales”, según Álvarez, investigadora en ciencias ambientales de la Universidad de Puerto Rico.

La minería del oro ha arrasado 1.300 kilómetros cuadrados de selva desde el inicio de la crisis económica en 2007, acaba de calcular la científica puertorriqueña con imágenes de satélite. Es una superficie equivalente a más de dos veces la ciudad de Madrid. El estudio, publicado hoy en la revista Environmental Research Letters, ha detectado cuatro puntos calientes que concentran el 90% de la deforestación: los bosques húmedos guayaneses distribuidos por Surinam, Guyana, Guayana Francesa y Venezuela (41%), la selva amazónica suroccidental en Perú (28%), la región amazónica brasileña entre los ríos Tapajós y Xingú (11%) y los bosques húmedos del Magdalena-Urabá en Colombia (9%).

“Actualmente, la minería del oro es una de las principales causas de deforestación en algunos de los bosques tropicales más importantes de Sudamérica”, denuncia Álvarez. Su trabajo muestra que la destrucción se ha disparado desde el inicio de la crisis. Antes, entre 2001 y 2006, la deforestación por el oro afectó a solo 377 kilómetros cuadrados.

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