15/10/2014 – La primera economía agrícola de EE UU empieza a ver casos de familias sin agua.

Fue sobre la primavera cuando, sin que nadie se diera cuenta, los pozos empezaron a secarse en algunas casas del condado de Tulare, en el valle central de California. Eran unas pocas decenas, casas de trabajadores del campo que dependían de pozos familiares perforados de manera artesanal hace un par de décadas. Las autoridades se enteraron por la prensa y una asociación vecinal. En verano empezaron a organizarse programas para llevar agua embotellada a las casas para beber. Para lavarse, los vecinos tienen que ir a la estación de bomberos a rellenar bidones.

El pasado viernes por la mañana, un camión de mudanzas estaba plantado en la puerta de la casa del matrimonio Rodríguez en una carretera de la zona de East Porterville, Tulare. Pete y Berta Rodríguez, de 64 y 61 años, llevan seis meses sin agua del pozo y no aguantan más, se van. En el patio dejan los 30 cubos de agua con los que han estado sobreviviendo. El agua del río Tule, que pasa por al lado, baja tan sucia que “no vale ni para los animales”.

Su vecino, Eddie Escalante, con el que comparten pozo, no puede irse. Compró la casa hace dos años, cuando nadie pensaba que se acabaría el agua. Hoy, su familia bebe de cubetas que guardan en el porche y nadie les compraría una casa sin agua. Intentaron llamar a una empresa de perforaciones para que les hicieran el pozo más profundo, “pero tienen tanto trabajo que no vienen”. Todo el mundo necesita hacer su pozo más profundo. “Yo nunca había vivido en una casa con pozo. Cuando la compré pensé que siempre habría agua”.

El condado de Tulare, a unas tres horas en coche al noreste de Los Ángeles, se ha convertido en la imagen más amarga de la sequía que azota California desde hace tres años, según algunos recuentos, la más dura en más de un siglo. En esta especie de zona cero de la sequía, habitan sobre todo inmigrantes hispanos que viven humildemente y trabajan el campo. En esta zona, naranjas, uvas y pistachos. Se fueron instalando aquí en tierras donde podían tener un jardín y su propio pozo, con agua que brotaba apenas a cinco metros, según cuentan. Hoy están en peligro hasta los más profundos, de 30 metros.

Fuente: El País.

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